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"A LIFE FREE OF VIOLENCE: IT’S OUR RIGHT"

"UNA VIDA SIN VIOLENCIA ES UN DERECHO NUESTRO"

"UMA VIDA SEM VIOLENCIA E UM DIREITO NOSSO               
"UNE VIE SANS VIOLENCE C'EST NOTRE DROIT"


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Mujeres rurales: Alta Productividad y Mayor Pobreza 

De acuerdo con el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo -PNUD-, en América Latina y el Caribe viven 60 millones de mujeres cuya procedencia étnica, idiomática, territorial, cultural y económica, las define como campesinas y/o trabajadoras rurales. Diseminadas en la vastedad de un continente con climas, geografías e historias diversas, un amplio sector vive en condiciones de aguda pobreza.

Este año, los actos conmemorativos del Día Internacional de la Mujer Rural que se celebra el 15 de octubre, están enmarcados en la Campaña por los Derechos Humanos de las Mujeres "Una vida sin violencia es un derecho nuestro", lanzada por las Naciones Unidas a propósito del cincuentenario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

También y como una manera de llamar la atención sobre las condiciones de vida de las mujeres rurales, la FAO creó este año el lema "La mujer nutre al mundo", para convocar al Día Mundial de la Alimentación que se celebra el 16 de octubre. A su vez, esta fecha tiene conexión con el 17 de octubre, Día de la Erradicación de la Pobreza, establecido por las Naciones Unidas.

En 1994, la CEPAL estimó que un 39 por ciento de hogares de la región vivía en estado de pobreza, mientras que en las zonas rurales llegaba al 55 por ciento, siendo las mujeres las más afectadas por esa situación. En el concepto de desarrollo humano sostenible, que guía las acciones de las Naciones Unidas, se considera como fundamental tanto la erradicación de la pobreza como la equidad y la igualdad entre hombres y mujeres.

"El desarrollo humano, si no se incorpora en él la condición de los sexos, está en peligro", se afirma en el Informe sobre Desarrollo Humano 1995, del PNUD. Vale reiterarlo con oportunidad de las fechas que se conmemoran, además del 24 de octubre, Día de las Naciones Unidas, que en este año quiere resaltar su papel a favor de los derechos humanos de las mujeres.

Más pobres y con más responsabilidades

Como afirma la experta Jeanine Anderson, "la vinculación que existe entre mujeres y pobreza es de antigua data; las mujeres siempre han sido muchas entre los pobres. El descubrimiento empírico de que las mujeres están expuestas a la pobreza de modos en que los hombres no lo están, introduce algunos de los elementos esenciales del concepto de feminización de la pobreza" (Red Entre Mujeres. Diálogo Sur Norte, 1994). Tal concepto apunta a destacar la desproporcionada representación de las mujeres entre los pobres, especialmente en lo que se refiere a hogares con jefatura femenina.

En este mapa de pobreza al que aluden las cifras anteriores, destaca

Centroamérica como la subregión con más altos índices, fenómeno agravado por los conflictos armados en la década de los años 80. Estas condiciones fueron más dramáticas para las mujeres indígenas que se vieron obligadas a dejar sus tierras buscando refugio en las ciudades. En Guatemala, por ejemplo, la guerra dejó aproximadamente 50 mil viudas, una gran proporción de ellas de origen indígena, y la mayoría, jóvenes con hijos (CEPAL, 1997).

En la última década, el sector rural sufrió los efectos de las políticas de ajuste estructural dirigidas, entre otras cosas, a fomentar la importación de alimentos y a disminuir el aporte estatal en las áreas de educación y salud.

Dicha situación ha repercutido directamente en la vida de miles de mujeres campesinas que han visto aumentadas sus responsabilidades familiares debido a la forzosa migración de los hombres hacia las ciudades en busca de empleo, y a la pauperización del campo. Según la FAO, un 26 por ciento de hogares rurales de la región, tiene jefatura femenina. En Centroamérica, la cifra fluctúa entre un 29 y un 48 por ciento; en el área andina, entre el 29 y el 55 por ciento, y en el Caribe, del 40 al 50 por ciento.

Este primer acercamiento a la realidad de las mujeres del campo da la pauta para entender el vínculo existente entre pobreza y discriminación de género como una forma de violencia. En este sentido, la Campaña de las Naciones Unidas pone en evidencia un hecho: las campesinas están triplemente discriminadas, por mujeres, indígenas y campesinas. Desde esta triple dimensión, sus derechos humanos son constantemente vulnerados, lo cual constituye una expresión de violencia sexista.

La mujer nutre al mundo

En contraste con esto, las mujeres rurales tienen un papel central en la agricultura y en la economía de sus comunidades. Nuevos datos estadísticos proporcionados por la FAO, indican que a nivel mundial ellas producen más del 50 por ciento de los alimentos. Con referencia a los ingresos, en los países andinos aportan un 36 por ciento del ingreso real en relación con el 51 por ciento de los hombres. Esto sin considerar las ganancias no monetarizadas, provenientes de la producción de alimentos y la preparación de comidas que benefician a la familia. En el Perú, por ejemplo, el 70 por ciento del ingreso familiar es aportado por las mujeres adultas y las niñas. En Guatemala contribuyen con el 25 por ciento del trabajo, tanto en la producción tradicional, como para la exportación.

Según la FAO, "hoy es claro que sin la participación y el aporte de las

mujeres es imposible salir del círculo de la pobreza y garantizar mejores condiciones alimentarias a las poblaciones más pobres y vulnerables de las distintas regiones del mundo". Desde luego, esto significa que los gobiernos deben implementar políticas para mejorar las condiciones de vida de las mujeres del campo, y principalmente para reducir las desigualdades en razón de sexo.

Sin embargo, se sigue viendo su participación económica como algo marginal, no cuantificable ni visible en las estadísticas. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID, 1990), destaca que en América Latina y el Caribe, en general, las campesinas participan en casi todas la actividades agropecuarias. Aproximadamente el 50 por ciento de los ingresos de los hogares campesinos proviene del trabajo de las mujeres que de esta manera han ayudado a salir de la situación de pobreza a sus familias.

Algunos estudios indican que ellas trabajan un 29 por ciento más de tiempo que los hombres. En muchos casos, las diferencias son grandes, como en Nicaragua, donde en la época de cosecha llevan a cabo alrededor del 57 por ciento de todo el trabajo (Agencia de Noticias Pulsar, 1998). Esto incide en los salarios que reciben, que en Centroamérica son hasta el 50 por ciento menos que los de los hombres, además carecen de contratos de trabajo y por lo general son empleadas por unos meses al año.

 Derechos vulnerados

El hecho de haber nacido mujer, además ser indígena y campesina, determina un estatus de inferioridad y discriminación. ¿De qué manera se expresa esta situación? En primer lugar, en la privación de dos derechos humanos básicos: la educación y la salud.

Aunque en muchos países de la región se ha logrado la paridad de género en la educación, las niñas indígenas se encuentran en desigualdad de condiciones frente a los niños indígenas. Y también frente a las niñas campesinas no indígenas. Ellas tienen la tasa de alfabetización más baja de América Latina (Office of Women in Development, Agency for International Development, 1997). Según este estudio, en Guatemala, las niñas indígenas completan menos de un año de educación escolar en promedio, comparado con 1,8 para los varones. En el Perú, el 65 por ciento de la población indígena femenina es analfabeta, comparada con el 26 por ciento de la población femenina urbana. En Bolivia, el 68,5 por ciento de las mujeres del campo es analfabeta. En México, del porcentaje de población rural analfabeta mayor de 15 años, el 60 por ciento es femenina, en comparación con el 20 por ciento del total de hombres (Agencia de Noticias Cimac, 1998).

A esto se debe agregar que las mujeres indígenas no hablan español o lo hablan poco, y aunque existen algunos esfuerzos gubernamentales (Bolivia, Guatemala) en el sentido de introducir la enseñanza bilingüe en la escuela primaria, la mayoría de estas niñas queda al margen de los beneficios de la educación.

La situación de extrema pobreza en que viven las mujeres del campo, especialmente las indígenas, se refleja, por ejemplo, en las altas tasas de mortalidad infantil y materna, fecundidad y malnutrición. Ellas carecen de servicios de salud adecuados. En México, las campesinas, que representan el 49,8 por ciento de la población rural, tienen una esperanza de vida de 69,5 años, tres menos que la estimada para las mujeres de las zonas urbanas. El 46 por ciento de los/as hijos/as de madres bolivianas del campo, sufre de malnutrición crónica.

Una de cada tres de las mujeres indígenas que viven en los sectores rurales de Ecuador, prefiere no buscar asistencia profesional a sus dolencias, debido al maltrato que reciben en los servicios de salud públicos. La otra dimensión no menos dramática es la que tiene relación con cierto tipo de trabajos que requieren del uso de productos químicos que han demostrado ser ampliamente tóxicos. En Chile se han presentado casos de intoxicación entre mujeres que trabajan como temporeras en la recolección y empaque de frutas y productos agrícolas para la exportación. Otros estudios indican que

estar en contacto con estos tóxicos ocasionan malformaciones congénitas en los hijo e hijas de las afectadas, y abortos espontáneos (CEPAL, 1997).

La situación del trabajo infantil en el mundo es una de las preocupaciones centrales de UNICEF durante este año, organización que además ha puesto énfasis en analizar las condiciones sociales y laborales de las niñas. De acuerdo con cifras proporcionadas por el Instituto de Investigaciones Sociales y el Programa Nacional de Solidaridad con Jornaleros Agrícolas de México, alrededor de dos mil menores de 14 años, la mayoría indígena, trabajan en diferentes centros agrícolas en condiciones de explotación; de ellos el 57,3 por ciento del total son niñas, frente al 42,7 por ciento de niños.

La tierra les es ajena

Como hemos visto, las mujeres del campo son las que producen la mayoría de los alimentos en los países en desarrollo. Sin embargo, no son beneficiarias de la tierra que cultivan. Este es un claro ejemplo de inequidad de género que se ve reforzada por creencias, leyes y prejuicios de orden ideológico y cultural, que se manifiestan, por ejemplo, en la propiedad de la tierra y en las dificultades que ellas encuentran para adquirirla.

Una investigación realizada por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Holanda, advierte que Centroamérica podría crecer más si existieran facilidades para que las mujeres sean dueñas de la tierra y puedan recibir préstamos. Aunque las leyes agrarias de Nicaragua, Colombia y Brasil acogen a las campesinas como beneficiarias, en la práctica ellas acceden de manera indirecta, a través de su pareja. En Brasil, la Constitución establece el reconocimiento tanto para el hombre como para la mujer, independientemente de su estado civil, pero esta disposición no se ha reglamentado.

Con ocasión del Día Internacional de la Mujer Rural, la FAO recuerda los compromisos adquiridos por los gobiernos durante la Cumbre Mundial sobre la Alimentación (1996) para mejorar las condiciones de las mujeres rurales, como lo deja ver el mensaje que su Director General, Jacques Diouf, ofrece este año por el día mencionado. En Perú, la Red Mujer Rural del Centro Flora Tristán ha lanzado la campaña Por la Titulación de Tierras con Equidad de Género, con el propósito de que las campesinas tengan mayor acceso en el proceso de titulación y saneamiento de la propiedad rural.

Precisamente, el Plan de Acción de la FAO para la Mujer en el Desarrollo (1996 a 2001), recoge entre sus objetivos "dar a la mujer acceso igual a la tierra y otros recursos productivos, así como el control de los mismos, incrementar su participación en la adopción de decisiones y políticas, reducir su carga de trabajo e incrementar sus oportunidades para obtener empleo remunerado e ingresos".

 Texto preparado por Isis Internacional para la Campaña de Naciones Unidas "Una vida sin violencia es un derecho nuestro". Santiago de Chile, 1998.

 The 1998 UNDP Human Development Report emphasizes that gender equality and the advancement of women are important goals to achieve poverty reduction and sustainable human development..Top of Page


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